Marx
03/09/2006

Galileo y Newton no sólo dieron a la física una estructura matemática precisa, coherente y operativa, sino que sentaron las bases de un método científico que sigue siendo la más poderosa herramienta del conocimiento. Con su consigna fundacional («Hay que medir todo lo que es medible y hacer medible lo que no lo es») y su aforismo leonardiano («El libro del universo está escrito en el lenguaje de las matemáticas»), se puede decir que Galileo inaugura la ciencia moderna. Y con su ley de la gravitación universal, Newton pone orden en la naturaleza. Desde que Buda y Tales de Mileto, cada uno a su manera, dieron la espalda a los dioses para buscar las respuestas (y las preguntas) en la realidad misma, la mente humana no había dado un salto tan grande y, en apariencia, tan definitivo. Pero a principios del siglo pasado Einstein formuló la teoría de la relatividad, que afirma que el espacio y el tiempo no son realidades absolutas y separadas, que hay un límite infranqueable para la velocidad, que la materia y la energía no son esencialmente distintas... Y en su momento se dijo que la relatividad suponía el fin de la física newtoniana, el derrumbamiento de su majestuoso edificio conceptual. Pero en realidad lo que hizo Einstein fue (un famoso científico lo expresó con esta feliz metonimia) «tragarse vivo» a Newton. En efecto, la relatividad no invalida la física tradicional: sencillamente (y nunca mejor dicho), la relativiza, la integra en un esquema más amplio. De hecho, en la mayoría de los casos seguimos utilizando la vieja física de siempre, que sólo deja de ser válida a nivel subatómico o a velocidades próximas a la de la luz.
Decir que Marx y Engels son los Galileo y Newton de la socioeconomía puede parecer exagerado o gratuito, pero las similitudes no son pocas ni irrelevantes. Y tal vez el aspecto más instructivo de este paralelismo sea el de la falsa periclitación de ambos sistemas. La física newtoniana no ha sido refutada, sino tan sólo desposeída de su apariencia de formulación completa y definitiva de las leyes de la naturaleza, y con el marxismo ha ocurrido otro tanto, pese a los cacareos de «nuevos filósofos», posmodernos y pensadores débiles.
A pesar de los excesos y defectos del llamado «socialismo real», a pesar de los propios errores de Marx y sus continuadores, el marxismo sigue siendo el gran paradigma socioeconómico, ético y político de nuestro tiempo. Sólo que no puede pretender ser la explicación total y última de los fenómenos sociales. No puede autoproclamarse «científico» en el sentido fuerte del término, y menos aún arrogarse la facultad de predecir el futuro. Profetizar la inexorable autodestrucción del capitalismo y el seguro advenimiento del «paraíso comunista», son errores de bulto que el marxismo ha pagado muy caros, residuos de religiosidad vergonzante que nos hacen temer que Marx fuera menos lúcido o menos honrado de lo que pretenden sus hagiógrafos. Pero, en cualquier caso, ello no resta ni un ápice de validez al materialismo dialéctico, del mismo modo que la física no se resiente del hecho de que Galileo fuera un tramposo y Newton un neurótico.
Retomando una reflexión ética milenaria cuyos ancestros más ilustres son Buda y Lao Tse, Sócrates y Epicuro (como es bien sabido, Marx centró su tesis doctoral en la comparación de los sistemas atómicos de Demócrito y Epicuro), el marxismo propugna, básicamente, una revolución moral. A la vieja moral cristiano-burguesa adoptada (y adaptada) por el capitalismo, basada en la sumisión, la esperanza en otra vida y la aceptación de la jerarquía social, el marxismo opone una nueva moral basada en la solidaridad, la resistencia, el cues- tionamiento de lo establecido, la confianza en las propias fuerzas, la decisión de cambiar la sociedad. Y del mismo modo que Galileo vio en la experimentación el método por excelencia, la llave maestra de la ciencia, Marx vio en la praxis la clave de una nueva filosofía cansada de limitarse a explicar el mundo y decidida a transformarlo.
Vivimos en una sociedad basada en la explotación del hombre por el hombre. Analicemos las relaciones de intercambio que la configuran y perpetúan, con objeto de sustituirlas por otras relaciones que pongan fin a la explotación, que realicen y fomenten la solidaridad. Ese es, en última instancia, el proyecto del marxismo. Y no ha perdido ni un ápice de vigencia.
De qué manera o maneras llevar adelante ese proyecto en un mundo en el que el imperialismo (fase superior del capitalismo) parece más fuerte y más dispuesto que nunca a demoler todos los obstáculos que encuentre en su camino: ése es el problema de la izquierda. Y si el viejo marxismo dogmático es un callejón sin salida, una trampa para nostálgicos de lo absoluto, dar la espalda a sus logros y sus propuestas es, sencillamente, un suicidio moral y político. La solución, aunque todavía no la tengamos clara (como no tenemos clara la futura evolución de la física, que aún dista mucho de explicarlo todo), pasa necesariamente por tragarse vivo a Marx.
Mi verdad... vale tanto como la suya... señor banquero
29/08/2006
Yo no escombro, tampoco desescombro.- ni muslim ni cristianao ni judio.- yo no tengo un pais llamado mio.- solo me siento humano, asi me nombro.
Me paro a contemplar con grave asombro el solar del orgullo, hoy baldio.- de soluciones simples desconfio.- ¿adonde debo arrimar el hombro?
Lo arrimare a mi propio sentimiento, a la tierra que cultivo, a mi diario y fiel descubri,iento:
Lo arrimare al milagro de estar vivo.- y si me quedan horas luz y viento.- a estas palabras que hoy escribo.
Tiene razón Saramago
29/08/2006
Tiene razón Saramago: “El mundo está cubierto de piojos:/ No hay palmo de tierra donde no chupen,/ no hay secreto del alma que no espíen/ ni sueño que no muerdan y perviertan..
Rajoy tiene razón
28/08/2006
Se escandaliza Mariano Rajoy de que la Fiscalía pueda hacer la vista gorda ante las actividades de Batasuna y clama: «¿Pero qué idea tiene esta gente de lo que son las leyes y las sentencias de los tribunales?». Rajoy respalda su indignación en la Ley de Partidos y en la sentencia que, apoyándose en ella, dictó el Tribunal Supremo para decidir que Batasuna es «parte del entramado de ETA» y catalogarla como terrorista.
Mariano Rajoy tiene razón. En efecto, la jurisprudencia existente le autoriza a hablar de «la organización terrorista ETA-Batasuna». Y nadie puede pretender con fundamento que esa jurisprudencia sea producto de un uso torticero de las normas legales en vigor. De hecho, es de dominio público que la Ley de Partidos se promulgó sin más finalidad que la de definir a Batasuna como terrorista y declararla fuera de la ley. Si es así –y así es–, aquella autoridad que tolere las actividades de Batasuna, sean éstas las que sean y maquille su decisión como tenga a bien, estará concediendo en la práctica un margen de acción al terrorismo.
¿Que es absurdo? Sí, completamente. Porque Batasuna no es una subdivisión de ningún grupo terrorista, sino una organización política que viene ciñendo desde hace años su actividad al terreno estrictamente político. Sus concomitancias con ETA son ideológicas; no orgánicas. Que algunos miembros de Batasuna han trabajado para ETA –y en ETA, llegado el caso– es de sobra sabido. Pero la organización como tal, colegiadamente, no ha participado nunca de la estructura de ETA, y ningún tribunal ha logrado jamás probar lo contrario. Todos han basado sus pronunciamientos condenatorios en lo beneficiosa que es para la causa de ETA la actividad de Batasuna, en lo mucho que sus estrategias se complementan –según ellos: yo no lo creo– y en la inexistencia de declaraciones de Batasuna que condenen la actividad de ETA. Se han amparado en la doctrina, fabricada en comandita entre Baltasar Garzón y Jaime Mayor Oreja, según la cual ETA no es una organización propiamente dicha, a la que se pertenece o no, sino un magma de fronteras difusas cuya principal seña de identidad no es la actividad terrorista, sino la defensa de un ideario, en virtud de lo cual incluso puede haber quienes sean miembros de ETA sin saberlo. Esa doctrina fue durante mucho tiempo rechazada por la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, que reclamó a Garzón una y otra vez que se dejara de vainas especulativas y no acusara de pertenencia a ETA sino cuando contara con indicios racionales que vincularan materialmente a los detenidos con actividades terroristas concretas. El escollo fue superado tomando por la calle de enmedio: los tres miembros de la Sala de lo Penal fueron apartados de su responsabilidad y sustituidos por otros cuyo comportamiento ulterior ha resultado inobjetable (para Garzón, se entiende).
La teoría de ETA como magma, que convierte al llamado «entorno de ETA» en parte constitutiva de la propia ETA –lo que implica que cabe estar simultáneamente en el entorno de algo y dentro de ese algo, por extraño que parezca–, no sólo ha sido asumida por el sustituto de Garzón, Grande-Marlaska, sino también por el poder legislativo (de ahí la Ley de Partidos) y por el judicial (ilegalización de Batasuna y macroprocesos como el 18/98). Les venía bien entonces y optaron por no pararse en barras.
El problema es que ahora hay uno de ellos –y no el menor, puesto que es el que tiene en sus manos el Gobierno central– al que ya no lo viene bien nada de aquello: ni el magma, ni el entorno, ni la Audiencia Nacional, ni la Ley de Partidos, ni la ilegalización de Batasuna.
Pero demos al César lo que es del César y al registrador de la propiedad la propiedad de lo registrado. Reconózcase que es Rajoy quien se mantiene fiel al engendro jurídico-penal que dieron a luz hace cuatro años.
Cuba, mucho más que un símbolo
28/08/2006
La salud del emperador ha sido siempre fuente de discusión entre los súbditos y de conspiración entre los oponentes. Pero, ¿dónde está el imperio del comandante Fidel Castro? ¿Dónde el poderío de Cuba, un país pequeño del denominado tercer mundo? ¿Por qué son tan importantes ambos para toda la humanidad?
El pasado día 20 de junio, Cuba fue elegida, en votación secreta, miembro fundador del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, con el apoyo de 135 países, más de 2/3 de la Asamblea General de Naciones Unidas, mientras que los Estados Unidos ni siquiera se atrevieron a presentar su candidatura que hubiera sido rechazada por la inmensa mayoría. Esa es la fuerza de Cuba y del comandante Fidel Castro, la fuerza de la legitimidad, la dignidad, la honestidad, la razón, la de su política internacional.
La fuerza de Cuba está en esos miles de voluntarios cubanos: médicos, técnicos sanitarios, ingenieros, profesores, planificadores, científicos, que trabajan en los países más pobres, y en la formación y asistencia médica que Cuba da en su territorio a millares de ciudadanos de esos países, de forma gratuita. La fuerza de Cuba está en su solidaridad internacionalista, además de ser un claro símbolo de resistencia al imperialismo.
Por todo ello, la salud del comandante Fidel Castro, unida al futuro de Cuba, se convierte en primera noticia, incluso en los medios de comunicación controlados por el poder. Temen al compromiso real cubano con los más necesitados, a su capacidad de trabajo político e ideológico en las masas de trabajadores, a la batalla de las ideas que generan permanentemente Cuba y el comandante Fidel Castro, temen a su alternativa, la del socialismo en eterna transformación. Cuba es mucho más que un símbolo, es una realidad palpable.
Y ello a pesar de que esa política exterior, en muchos casos, supedita los principios estratégicos de la revolución socialista a las necesidades urgentes de Cuba, y en otros casos se mueve en la calculada ambigüedad de no definirse sobre crisis que pueden incomodar a fuerzas políticas reformistas que tal vez pudieran llegar a ayudar a Cuba o a no atacarla en su momento.
Un modelo socialista en eterna transformación
Pero la aportación de Cuba y del comandante Fidel Castro a la humanidad no se limita a la actuación y política exterior, sino que se extiende al debate y a la práctica socialista. A nadie se le escapa que Cuba trabaja intensamente por la elaboración de un modelo socialista para el siglo XXI en unas condiciones muy complicadas. No debemos de olvidar que con el fracaso de la URSS, se desmorona en Cuba una parte muy importante del modelo socialista cubano. No todo, y menos aún su esencia; pero sí uno de los componentes esenciales que aseguraban su cohesión interna en cuestiones decisivas. Los miles de altos cargos, especialistas y responsables en los ministerios socioeconómicos, políticos, científicos y educativos, que se habían formado en la URSS, se quedaron sin referencias teóricas en medio de una penuria jamás imaginada y de una salvaje ofensiva imperialista.
Como consecuencia de ello, apenas tenían otro referente teórico, porque durante años apenas se había producido un debate sobre marxismos alternativos al stalinista. Si bien es cierto que en Cuba hubo mucha más libertad de discusión que en el resto de países llamados socialistas, no es menos cierto que el aparato del partido supo y pudo constreñirlos a sectores reducidos, sin apenas incidencia.
En 1993 Fidel Castro advirtió públicamente que no se toleraría el surgimiento de una casta enriquecida. Pero ya en 1995 se habían publicado textos que defendían que además de la propiedad estatal, cooperativa e individual, había que añadir una cuarta propiedad, la propiedad privada de fuerzas productivas que es cualitativamente diferente a la individual de bienes de consumo para la casa, o un coche, por ejemplo.
Los defensores de la cuarta propiedad, la privada de fuerzas productivas, insistían en que ésta debía estar «vigilada» por una profundización y extensión de la democracia socialista, de los poderes controladores del Estado, de la iniciativa popular, para impedir que se fortaleciera el peligro de una incipiente formación de una casta superior.
Determinados sectores críticos en el sentido marxista, fieles al proyecto revolucionario pero purgados de los aparatos de poder por su oposición a esa dogmática stalinista, sostienen que entonces se malogró la posibilidad de haber llevado hasta el final un debate de redefinición y adaptación del concepto de socialismo en las condiciones mundiales y cubanas de finales del siglo XX. Reconocen que se hizo un esfuerzo sincero, pero que se quedó inconcluso por las extremas dificultades del momento y las resistencias de la burocracia a la urgente autocrítica.
Sin embargo, en los últimos tiempos se está produciendo una intensa recuperación económica en la Isla debido a las medidas tomadas a raíz de la profunda crisis de 2002, la más seria desde la iniciada en 1991 y que llevó al PCC a decretar el llamado «período especial» en 1992. Además, tras el 11-S de 2001 cayó en picado el turismo extranjero en la Isla y disminuyó mucho la llegada de dólares de los emigrantes cubanos, sobre todo de EEUU.
En estas condiciones se abrió un intenso debate sobre el modelo económico del que salieron, entre otras, las siguientes líneas maestras: primero, la recuperación del papel centralizador del Estado en detrimento del desorden descentralizado, que hacía que el 66% de las divisas estuvieran en manos de empresas y no del Estado.
Otra decisión fundamental tomada fue instaurar una moneda cubana convertible no vinculada al dólar, lo que quiere decir que sólo el gobierno cubano tiene la facultad de convertir su moneda según le convenga, sin depender de los caprichos del FMI y de los EEUU.
Además, aumenta la confianza popular en la moneda nacional que ha más que triplicado su uso en pesos convertibles y un 35% su uso en pesos cubanos. Con ello, Cuba está logrando una mejora apreciable de su solvencia crediticia.
También destaca la decisión de potenciar la producción científica y de altas tecnologías. Casi el 60% de los ingresos de la balanza comercial cubana provienen de esta capacidad productiva, que también financia el déficit de la balanza de bienes.
Pero además de estos datos económicos, también hay que destacar la orientación práctica de muchas de esas producciones y la filosofía general del proceso entero, orientadas frecuentemente a la solidaridad con los pueblos empobrecidos, a la medicina de servicio social y popular, lo que aumenta, además del prestigio de la Revolución, la demanda de países necesitados.
Como consecuencia de todo lo anterior, en 2005 hubo un incremento del PIB en un 11,8%; un 27,9% de las exportaciones y del 36,4% de las importaciones; la producción industrial no azucarera aumentó un 3,2%. Destaca la elevación de los ingresos medios de los trabajadores de 354 a 398 pesos y la pensión mínima de la Seguridad Social se elevó de 55 a 164 pesos. Esta espectacular recuperación no sólo es debida a los acuerdos con Venezuela y otros países como China, sino sobre todo a un esfuerzo interno que sentó las bases para comerciar sin excesivas presiones con estos y otros países.
Sin embargo, aún falta por llegar al grueso de la población esa mejora. Esta situación, junto a la mejora de económica de la población, ha tenido como consecuencia la extensión de los niveles de corrupción, no en su magnitud, pero sí en su extensión. Podemos hacernos una idea de la cuantía de este sector con el discurso del comandante del 17 de noviembre de 2005: «Hay, y debemos decirlo, unas cuantas decenas de miles de parásitos que no producen nada y reciben tanto». Lo que afirma Castro es que el enemigo de la revolución no está fuera, en el imperialismo, como se pensaba hasta entonces, sino dentro de Cuba, en el interior de su sociedad, del partido y de todas las instituciones.
El peligro viene de los «nuevos ricos» que se están formando al acaparar las ganancias del turismo y, sobre todo, las del robo de los recursos del Estado y de las empresas, y en menor medida en los pequeños chiringuitos. El robo generalizado es una lacra que merma no sólo la eficiencia económica sino también la ética del pueblo, clave para la construcción del socialismo.
Esta definición de Fidel Castro nos sirve para comprender, primero, que «unas cuantas decenas de miles de parásitos» pueden ser cualitativamente muchos en la sociedad cubana y, segundo, que estos parásitos pueden crecer.
Sin duda, es a la diferencia entre la mejora económica lograda a partir de los debates de 2002 y 2004, y desarrollo pleno del socialismo, más allá y más profundo que lo meramente económico, a lo que se referían los críticos que aseguraban que no se habían aprovechado totalmente las posibilidades abiertas por el debate sobre el socialismo.
Un problema que puede agravar esta situación es el envejecimiento de Fidel Castro o su salida de la política activa. Quienes auguran el hundimiento de la revolución al poco tiempo de su muerte, desconocen la fuerza interna de la identidad nacional cubana.
Todo indica que el futuro de la revolución, es decir, del pueblo cubano en cuanto entidad nacional, depende de la capacidad de que, en primer lugar, se detenga y se haga revertir el enriquecimiento de los parásitos; de que se refuerce y renueve el proyecto socialista, demostrando que el fidelismo auténtico es eminentemente socialista, de que el futuro de Cuba sólo es posible en el socialismo; y de que, simultáneamente, se hayan desarrollado todas las potencialidades de ese socialismo.
Otro problema que puede agravar la situación es que existe un cierto vacío generacional entre los aparatos burocráticos del partido y de las instituciones y la juventud formada políticamente, que no sólo técnicamente, capaz de asumir la administración de la Isla; vacío relacionado con el retraso en el avance de ese proyecto socialista nuevo que debe suceder al fracasado modelo soviético.
Tampoco debemos olvidar que el retraso en el desarrollo de ese socialismo puede facilitar el escepticismo que existe en sectores sociales ante la supuesta inevitabilidad de la vuelta del capitalismo.
En resumen, el pueblo cubano está haciendo esfuerzos apreciables para recuperarse del agujero en el que cayó al hundirse la Unión Soviética, y del que está saliendo a pesar de las agresiones yanquis. Su futuro depende de la dialéctica entre la resolución positiva de las contradicciones sociales internas, y la resolución de las contradicciones que corroen al capitalismo mundial, especialmente en el área americana.
Si bien las espadas están en alto, la ventaja la tienen las fuerzas revolucionarias, pero, como afirma Fidel Castro, los peligros que acechan son a la vez más internos que externos. -
Con la Ley en la mano
27/08/2006
Con la Ley en la mano
En la primera mitad del siglo XVI se extendió en la corte española cierta preocupación en torno a la legalidad de la conquista de América. Para mitigar estos escrúpulos se recurrió al requerimiento, una enrevesada declaración llena de términos legales y religiosos que se leía a los aborígenes americanos haciéndoles saber que se convertían en súbditos españoles por voluntad divina. De este modo, la legalidad de la conquista quedaba salvada, pues los sometidos habían sido debidamente informados de los fundamentos de la autoridad de los conquistadores. Se invadía una tierra, se sometía a sus habitantes y se robaban sus recursos, pero se hacía con la Ley en la mano. Por cierto que detrás de este documento estaba Palacios Rubios, el mismo al que Fernando el Católico encargó un panfleto para justificar la conquista de Navarra.
Cuenta el historiador Porras Barrenechea que Pizarro hizo leer este requerimiento al inca Atahualpa, quien harto de tanta palabrería arrojó el escrito a los españoles. Un tal Valverde, fraile, reaccionó invitando a los soldados a exterminar a esos salvajes que no atendían a requerimiento alguno.
Pasan los siglos, pero ahora también la Ley viene a cubrir lo que desde el punto de vista de la moral, la ética o los derechos humanos nunca podría tolerarse. Ya no hay que justificar la represión contra una fuerza política ni la persecución de determinadas ideas políticas: basta con declararlas fuera de la Ley. La Ley no necesita argumentos, es en sí el supremo argumento. Ahora a los vascos insumisos se les lee no ya un requerimiento, sino un auto de Garzón, tan lleno de verdades absolutas, dogmas de fe y argumentos infalibles como el texto de Palacios; tanto que hasta manifestarse en contra está prohibido. No había un solo argumento para justificar la conquista de América. La función de la retórica religiosa y legalista no era sino avalar el genocidio. Y no hay una sola razón por la que un juez español pueda determinar las ideas que los vascos pueden o no compartir ni las fuerzas políticas a las que dan su voto o apoyo. Será quizás por eso que en ambos casos se ha recurrido a textos muy largos y enrevesados que a falta de argumentos, se sustentan en la persecución de quien los cuestione. Con la Ley en la mano, eso sí. Con su Ley. -
Cuba y las elecciones
25/08/2006
Cuba y las elecciones
Quieren los «demócratas» occidentales y, en especial, los españoles que si muere Fidel Castro sobrevenga en Cuba la «ruptura democrática» que no consiguieron imponer en la llamada «transición española de la dictadu- ra a la democracia» conformándose con el barro de la «reforma» que trajo el lodo actual. Una burguesía pusilánime, que medró bajo el franquismo y acudió en su socorro cuando se desmoronaba con estrépito, se autoinviste de autoridad moral y legitimidad ética para dar lecciones de democracia a Cuba y, por supuesto, dar una «salida democrática», pacífica y sin traumas y, a ser posible, con reconciliación entre revolucionarios y «gusanos», al país que ha «sufrido» una larga «dictadura» bajo la bota del abogado Castro. En otras palabras: quieren que en Cuba haya una «democracia» como aquí, a la occidental manera, es decir, con partidos, elecciones, parlamento, sindicatos y liga nacional de fútbol amén de las libertades de opinión, expresión, reunión, manifestación como dictan los usos de una democracia burguesa. Que luego todo degenere en corrupción, mafias, escándalos financieros, pelotazos, telebasura y subcultura rosa... es lo de menos porque ello forma parte de las «libertades democráticas» y, si me apuran, de su folklore y quintaesencia. Es el «precio político» que tiene que pagar la «democracia» en aras del «bien común» dizque uso y disfrute de las libertades por parte de todos. ¿Todos? Dejémoslo.
Ya lo han conseguido en la extinta Unión Soviética, convertida en un mercado de latrocinio y casi en un país «tercermundista», lo están consiguiendo en China y ahora van a por Cuba. Y ello enarbolando cínicamente la bandera de los derechos humanos y sus libertades políticas. Sobre todo estas últimas. Porque los «derechos humanos», vistos desde la perspectiva imperialista, no tienen en cuenta «hechos humanos» como el derecho al trabajo, a la salud, a la educación, a la vivienda y demás conquistas realizadas de facto y no de palabra en Cuba. El problema es que en Cuba los «derechos humanos» son «izquierdos humanos». Y las libertades políticas no contemplan que un ciudadano pueda votar y elegir cada cuatro años a quien lo va a explotar con más o menos saña o engañar con más o menos arte y habilidad. Este es el problema que hay en Cuba, que no hay «democracia», al menos homologable a la occidental.
Democracia, como es sabido desde que la sociedad está dividida en clases, es sinónimo de elecciones y representatividad política. En una sociedad sin clases no tendría por qué haber este tipo de democracia, pero dejemos también esto. Como se supone que Cuba es una feroz dictadura (ni siquiera «autoritaria» como la franquista, sino la peor según la sociología norteamericana: totalitaria), también va de suyo que en Cuba no hay elecciones ni las ha habido nunca (no como en el régimen franquista donde los falangistas organizaban referéndums y paripés electoreros por el tercio familiar, el municipio y el sindicato vertical, la «democracia orgánica»), lo cual es mentira. En Cuba no sólo ha habido elecciones, y hasta oposición, sino que las han convocado jugándose el tipo. Ocurre que nunca han sido co- mo las quisiera el «mundo libre» (o los «caucus» yankis) y así le fue a Nicaragua. Una revolución tiene derecho a organizarlas como mejor reconvenga y defenderse como mejor sepa. Lo que no va a hacer es suicidarse. Y Fidel no es un estúpido y el Partido Comunista de Cuba tampoco.
Antes de seguir, haré una digresión. Es lugar común hacer equivaler democracia y pluralismo. Tengo para mí que son términos opuestos, tal como los entiende la sociología burguesa. Y digo que no pueden votar aunque es obvio que se hace los obreros con sus patronos, los carceleros con sus presos, los objetores con sus generales, los torturadores con los torturados, las víctimas con los verdugos. Para votar hay que tener los mismos intereses, las mismas necesidades. Y hoy en día, para que no parezca que estoy defendiendo un anacrónico «guildismo», el corporativismo, el gremialismo, que eso sería un poco la «democracia orgánica» de Franco, la mayoría es la clase trabajadora, la clase obrera, que es la que impera en Cuba. Rousseau, que es el padre teórico de la democracia burguesa, entonces algo progresista, decía que no bastaba que las leyes fueran expresión de la «voluntad general» sino que, además, debían estar destinadas al «bien común». No obstante, no puede haber voluntad general (Rousseau pensaba en su pequeña Ginebra natal) ni intereses comunes entre clases enfrentadas. Lo que hoy se califica de «mayoría» no es sino una minoría oligárquica económicamente dominante. Esto lo sabe perfectamente quien luego man- dará a sus esbirros y turiferarios a defender lo contrario de lo que acabo de decir pagándolos espléndidamente, claro.
Pero, ¿hay elecciones en Cuba? ¿Se vota o todo es un «trágala»? En octubre de 1992, el Parlamento cubano aprobó por unanimidad («a la búlgara», diría el amoral José María Calleja) una nueva ley electoral que, por primera vez, establece el voto directo y secreto (casi como en «occidente») en las elecciones provinciales y nacionales. La ley preveía que los candidatos a las asambleas municipales y provinciales y a la Asamblea Nacional fueran nominados por organizaciones sindicales, sociales o de masas como la Central de Trabajadores de Cuba, los comités de defensa de la Revolución (serían los temibles «comisarios políticos» del ínclito Calleja et alli) y la Federación de Mujeres Cubanas (por supuesto, todas putas y lesbianas). Los candidatos deben ser elegidos con más del 50% de los votos válidos, lo que implica que los ciudadanos pueden expresar su posible descontento absteniéndose de votar a algunos de ellos. Hasta entonces, sólo los miembros de las asambleas municipales eran elegidos directamente por la población y, desde estas instancias, se formaban después las asambleas provinciales y, por último, la nacional. Una democracia, pues, indirecta (que no tiene por qué ser, por cierto, mala).
La decisión de modificar la Constitución aprobada en referéndum en 1976 para elegir por el voto directo y secreto de la población a los miembros del Parlamento y las asambleas provinciales del Poder Popular fue sugerida en el IV Congreso del Partido Comunista celebrado en octubre de 1991. O sea, en la difícil coyuntura económica que vive la isla tras la desarticulación de la URSS y el campo socialista europeo. En febrero de 1993 se celebraron elecciones a las que estaban convocados siete millones y medio de cubanos votando un 97%. Los grupos opositores internos llamaron a votar blanco o nulo como fórmula de rechazo al gobierno de Castro esperando obtener más de un 30% de voto nulo o blanco y sacando sólo un 10%. La presencia policial en las urnas fue discreta y la única «vigilancia» corrió a cargo de escolares. Fidel Castro era uno de los 589 candidatos a diputados que, por primera vez desde la revolución de 1959, se sometió al voto directo y secreto de los ciudadanos, junto con 1190 delegados a las 14 asambleas provinciales. Castro votó en la provincia oriental de Santiago de Cuba, por uno de cuyos distritos era candidato a diputado (o sea, igual que Franco, diría otro cuento de Calleja). Vale.
P.D. También acusan (como si fuera un delito) a Cuba de ser un «régimen comunista». Personalmente no lo tengo por tal y sí por «nacionalista», no en el sentido de nuestra burguesía nacional compradora, sino enfrentada al Imperio que la quiere volver a convertir en una colonia y un garito. -
diseño de carceles para amigos del gobierno
25/08/2006
diseño de carceles para amigos del gobierno...
Israel: el estado terrorista
22/08/2006
Que a estas alturas del siglo XXI todavía exista alguna duda de que Israel es un estado terrorista, que actúa con el respaldo de los Estados Unidos, denota cuando menos una hipocresía infinita y una complicidad manifiesta del genocidio y el apartheid que practica Israel para con sus vecinos árabes, especialmente con los pueblos palestino y libanés. Los «cronistas desde Tel Aviv» y los informantes y dueños de los media occidentales que siguen equiparando las responsabilidades de las invasiones y enfrentamientos a partes iguales, son meros títeres propagandistas y colaboracionistas del bien organizado sionismo israelí.
Cuando Israel arrasó el Líbano en las anteriores invasiones Hizbula no existía. Para tener por cierto una idea más precisa de lo que es Hizbula aconsejo sea leído el artículo «Hizbulá: Algo más que ‘terroristas’» de Antonio Martínez Castro publicado en la web www.nodo50.org/csca, creo que abrirá los ojos a muchas personas sobre las realidades y diferencias de conceptos que hay sobre las razones de la resistencia libanesa.
Volviendo a Israel como Estado terrorista, el ser ya desde milenios «el pueblo elegido» y «la tierra prometida» es en su génesis un peligroso antecedente de nazismo primitivo bajo el auspicio divino. Pero, centrándonos en épocas más recientes, daremos unas pinceladas en cifras e informaciones para confirmar el terrorismo practicado por Israel. Es el estado de Oriente Medio que más bombas atómicas tiene (unas 250); los demás no tienen ninguna salvo tal vez el Irak de Sadam en el que todavía no se han encontrado las «armas de destrucción masiva». No ha cumplido ni cumple 46 resoluciones y recomendaciones de la Asamblea General y de Organismos de Naciones Unidas; por mucho menos se bombardeó, invadió y destruyó un estado en el mismo corazón de Europa, llamado Yugoslavia. Tiene al frente del Gobierno a un primer ministro que participó durante tres años en campos de adiestramiento del grupo sionista terrorista Irgún (grupo que practicó el terrorismo en los años 30 y 40 del siglo pasado contra intereses y ciudadanos británicos en Palestina, y que atacó y mató a ciudadanos y ciudadanas palestinas para «limpiar» de no-judíos el futuro Estado de Israel). La actual ministra de Asuntos Exteriores del Estado de Israel es hija de un director de operaciones militares del Irgún y eficaz orquestador de matanzas de civiles en Palestina. Las herencias, como podemos constatar, no son sólo genéticas o de propiedades, también de métodos y fines violentos para limpiar desde el proclamado «derecho a la defensa del Estado de Israel» todo pueblo que estorba y entorpece al Gran Israel.
En definitiva, si a estas breves notas le añadimos los miles de asesinatos de niños y niñas palestinas y libanesas, adultos torturados y asesinados, invasión, expulsión de sus tierras y destrucción y apropiación ilegal de pozos de agua e infraestructuras de los pueblos palestino y libanés, así como los miles de personas que están en verdaderos campos de concentración, tenemos la versión moderna, pulida y «democrática» del nazismo del Nuevo Oriente Medio. Nominación propagandística similar al Nuevo Orden Mundial y que no es otra cosa que la alianza israelí-norteamericana para propagar y perpetuar el imperialismo capitalista en Oriente Medio. Todo ello con la inestimable labor de «palanganeros» de los estados que forman la Unión Europea y el ridículo espantoso de la inexistente «Comunidad Internacional» y/o Naciones Unidas (con o sin cascos azules).
Desde esta Europa pomposa de ayuda humanitaria y buenos deseos de postal de Navidad, sería necesaria una respuesta firme y real al genocidio practicado por Israel. La suspensión de los acuerdos económicos, de asociación, intercambios militares, el suministro de créditos y ayudas de la Unión Europea con el Estado de Israel son de las primeras medidas que habría que tomar de forma inmediata. La labor diplomática necesaria se tiene que hacer desde la firmeza de la defensa de los Derechos Humanos, no desde la hipoteca hacia los poderes fácticos del gran capital que está respaldando al estado invasor que asesina, secuestra, bombardea y chulea cual fanfarrón altivo a los pueblos de Oriente Medio que siguen sufriendo desde hace ya un siglo el intervencionismo colonial de las potencias occidentales. -
«Sionazismo».-"El mayor daño que los nazis hicieron a los judíos no fue exterminar a varios millones de ellos, sino crear las condiciones para que otros tantos se convirtieran en los más despiadados herederos del nazismo."
19/08/2006
«Sionazismo»
Una de las principales razones de la preponderancia del mito del vampiro, en la literatura y en el cine de terror, es la supuesta contagiosidad del vampirismo: la presa humana no sólo es sangrada como una res por el diabólico depredador, sino que puede convertirse a su vez en un monstruo sediento de sangre.
Los psicólogos no han explicado plenamente el fenómeno, pero lo observan todos los días: con alarmante frecuencia, los maltratados se convierten en maltratadores, las víctimas se convierten en verdugos (en uno de los más famosos relatos de “Las mil y una noches”, el genio encerrado en la botella quiere matar al pescador que lo libera porque necesita descargar sobre alguien la ira acumulada durante su largo encierro, y en “Climas”, la novela de André Maurois, los atribulados personajes tratan a sus nuevas parejas como las anteriores los trataron a ellos, por citar sólo dos de los muchos ejemplos que nos brinda la literatura).
El mayor daño que los nazis hicieron a los judíos no fue exterminar a varios millones de ellos, sino crear las condiciones para que otros tantos se convirtieran en los más despiadados herederos del nazismo. Paradójicamente, los nazis tomaron del judaísmo el mito del «pueblo elegido», lo pusieron al servicio de una supuesta «raza aria» y lo utilizaron para exterminar a los propios judíos; y los supervivientes de ese brutal exterminio retomaron la vieja fórmula, corregida y aumentada, de manos de los nazis para dedicarse, con la misma ferocidad que sus antecesores y verdugos, al exterminio de los palestinos y a la invasión de los países colindantes. Paradójicamente, los judíos son los verdaderos «antisemitas» (puesto que los árabes son tan semitas como los hebreos), del mismo modo que los estadounidenses son los verdaderos «antiamericanos».
A modo de inciso, quisiera aclarar por qué utilizo el término «judíos» en frases (como la inmediatamente anterior) en las que podría parecer que lo políticamente correcto sería hablar de «sionistas». Los judíos no son una etnia, ni constituyen un país, ni se distinguen en función de rasgos físicos característicos. Ser judío no es lo mismo que ser mapuche, ni que ser suizo, ni que ser negro; se parece más a ser católico: es una elección que implica la asunción de una determinada tradición, de una determinada ideología. Como la mayoría de los italianos, yo estoy bautizado y he recibido una educación católica; pero no me considero católico ni me defino como tal, y quienes así lo hacen no es en función de su mera condición de bautizados o de su pertenencia a una familia de creyentes, sino porque se identifican con las ideas que les han sido inculcadas y las asumen como propias. Análogamente, no basta con estar circunciso para ser judío: hay que creer (o fingir creer) en el judaísmo, en la noción de un supuesto «pueblo de Israel» (que, por si fuera poco, pretende ser el «pueblo elegido»). Por lo tanto, quienes se definen y se reconocen como judíos están haciendo una importante elección que, en estos momentos, entraña una grave responsabilidad. Fin del inciso.
No es casual que los verdaderos antisemitas y los verdaderos antiamericanos sean aliados incondicionales. El sionismo, al igual que la mafia (y por las mismas razones), encontró en el despiadado capitalismo estadounidense su caldo de cultivo ideal, su perfecto anfi- trión simbiótico. Y el imperialismo (fase superior del capitalismo) engendró como una metástasis, en el corazón de Oriente Próximo, el espúreo y genocida Estado de Israel.
En “Drácula”, la novela de Bram Stoker que consolidó el mito, dice el profesor Van Helsing que la fuerza del vampiro estriba en el hecho de que casi nadie cree en su existencia. Y la del Imperio también: la mayoría de los occidentales aún no lo identifican como tal, no reconocen su monstruosidad, se resiste a darse cuenta de que nos enfrentamos a la tiranía de un IV Reich que sólo se distingue del tercero en la medida en que ha sustituido el cinismo por la hipocresía y la propaganda política directa por la manipulación mediática. El nuevo Eje tiene sus polos en Washington y Tel Aviv, y a su alrededor gira la Unión Europea como mansa res uncida a una noria.
Pero la historia no se repite, como dicen los necios, ni se acaba, como quisieran los privilegiados. Sólo los opresores no cambian, son siempre igual de estúpidos (porque no hay más sabiduría que la solidaridad entre las personas y entre los pueblos); pero los oprimidos sí, cambian continuamente, hacen girar el mundo. Sólo algunas de las víctimas de los vampiros se convierten a su vez en sangradores; otras se vuelven cada vez más conscientes de la intolerable causa de su desgracia, y la cólera antiimperialista crece en los países islámicos (y no sólo en ellos) como una marea que nadie podrá ni tendrá derecho a contener, que nos mojará a todos, que ya nos está mojando.
Como M, el vampiro de Düsseldorf, el Imperio ha sido marcado con un signo infamante. Cada vez más gente conoce su verdadera identidad. Cada vez menos gente consigue mantener los ojos cerrados ante las atrocidades del sionazismo israelí y del neofascismo estadounidense. Y, como M, los carniceros de Washington y de Tel Aviv tendrán que acabar rindiendo cuentas de sus crímenes al pueblo, a todos los pueblos, empezando por los suyos. -